jueves, 8 de enero de 2009

Epigrafías del Museo Capitolino. Roma.

Llevo unas semanas ordenando todas las fotos que tengo en casa y que hemos ido tomando a lo largo del tiempo. Esta noche estoy clasificando y subiendo fotos de un viaje que hicimos a Roma en diciembre de 2007.

Las fotos despiertan recuerdos, especialmente de lo que más atrajo o impactó. Aunque uno conozca los sitios a donde va, siempre hay sorpresas. En este viaje, en concreto, hubo dos momentos extraordinarios. El primero nuestra visita a una plaza de San Pedro desierta. Toda para nosotros. Tiene una explicación. Era por la noche, en el mes de diciembre, y llovía. No llovía mucho, pero sí lo suficiente para hacer incómodo caminar por la calle. Siempre es sorprendente estar en un sitio que normalmente está atestado, y encontrarte solo.


El otro momento de impacto fue más íntimo y personal. Soy un absoluto enamorado de la historia de Roma. He leído decenas de libros modernos y clásicos, he visto las películas buenas y las malas, y podría recitar de Augusto en adelante quince o más emperadores consecutivos mucho. Sin embargo, nada me acercó más a las personas corrientes de Roma, a los ciudadanos, libertos y extranjeros residentes que la vista a la sala de epigrafías, o 'Gallería lapidaria' del Museo Capitolino, en el Campidoglio.


Ésta es una sala subteránea de inauguración relativamente reciente, y conecta dos edificios del museo. En ella, uno no ve más que lápidas, fragmentos de lápidas, bases de estatuas y poco más. Es fácil pasar de largo. Como dice mi padre: "Si en Roma hay algo son piedras". El propio museo contiene otras maravillas mucho más atractivas, como una estatua ecuestre de Marco Aurelio que quita el hipo, el gálata herido o los cimientos del templo de Júpiter expuestos de un modo asombroso, por citar tres. ¿Para qué perder el tiempo en esta sala?


Si conseguimos evitar la tentación de caminar con prisas para llegar al otro edificio, y nos tomamos el tiempo de leer las traducciones al italiano o al inglés de las epigrafías, abrimos una puerta al mundo de las personas. Aunque hay esquelas en homenaje de Emperadores, generales y otros próceres de la sociedad romana, aquí encontramos lápidas erigidas por esclavos libertos en homenaje fúnebre a sus amos; otras que ofrecen padres tras la muerte en combate de sus hijos legionarios; algunas de esposos a sus mujeres. Sin embargo, de entre todas, las que más me tocaron el corazón fueron varias halladas en tumbas de niños, en las que sus familiares expresan el dolor por la pérdida.



Los textos de las lápidas me pusieron más en contacto con las personas que hay detrás de la historia y de la leyenda que toda la literatura leída. Fue una experiencia muy personal e intensa.


Voy a poner tres ejemplos:


Primero:



A los ausentes. Los dolientes padres, Felicula y Myron construyeron esta tumba para su dulce hijo Lucios Aelios Melitinos, que vivió 13 meses y 9 días. No violes esta tumba y que nada le ocurra en el futuro a tus hijos. No molestes, ni permitas que nadie perturbe el descanso en esta tumba, y se cuidadoso con las urnas que descansan aquí.


Segundo:


A los ausentes. Para la dulce Geminia Agathe Mater. Mi nombre era Mater, pero no estaba destinada a ser madre. De hecho tan sólo viví 5 años, 7 meses y 22 días. Durante el tiempo que viví, disfruté y fui amada por todos. De hecho, creedme, tenía la carita de un niño más que de una niña; mis progenitores me llamaban Agathe, de dulce temperamento, y gentil y noble apariencia, con el cabello rojo, corto por arriba y largo por detrás. Espero que todos vosotros me ofrezcais libaciones y roguéis por que la tierra no pese demasiado sobre mis restos. No sufras mucho por los restos de mi pequeño cuerpo, Favencio, que hiciste más por mi que mis padres, y que tanto me amabas. De hecho, mi padre y mi madre me precedieron hace tiempo, y no sufrieron con mi destino. Tengo también una hermana de madre, Amoena, que está entristecida por mi muerte. Por favor, reconfortad a mi familia, recordándoles la feliz vida que viví y orando por que su dolor no sea exagerado. Tú que lees, si lo quieres saber mi nombre es Germinia Agathe, a la que la prematura muerte llevó a edad temprana al Tártaro. Esto es todo, más no puede pasar: es nuestro destino.


Tercero:



A los ausentes. Los padres Lucios Attidios Kritias y Peregrina construyeron esta tumba para su dulce hijo Kritias, que vivió 2 años, 7 meses, 15 días y 5 hora sy media. Oh extraño, protejo a un jovencito llamado Kritias, de 2 años y casi 8 meses, pero con la inteligencia de un adulto. Por este motivo él partió hacia el Hades llorando. De hecho, los espíritus malignos arrebataron su vida demasiado pronto, como una tormenta del sur corta un tierno brote.


Han pasado dos mil años desde esto. ¿Se le ocurre a alguien un modo mejor de expresar los sentimientos que están en estas esquelas? Somos iguales que ellos.

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