sábado, 5 de junio de 2010

Carta a la olivera morruda

Querida Olivera Morruda.

Has visto pasar tantas cosas por debajo de tus ramas que otro pesado que te haga un par de fotos no te va a molestar, seguro.

Cuando yo me muera seguramente tú seguirás dando frutos. Todo mi tiempo no será más que una anécdota para tí. Me gustaría ver con tus ojos por un momento y poder comparar cómo es el mundo ahora y como fue. Tú tienes más capacidad para juzgar si estamos mejor que cuando tú eras joven o no. Yo creo que sí, pero soy un ser efímero en comparación contigo, y mi juicio puede estar nublado por el chauvinismo temporal, cosa de la que tú obviamente careces.

Los niños que viste jugar bajo tus ramas son mis antepasados y no han dejado más huella que su herencia genética. Los ejércitos que desfilaron a tu vera en incontables tragedias humanas han quedado reducidos a notas a pie de página en los libros de historia. Nadie recuerda ya las tormentas que te hirieron con su rayo, ni los vendavales que arrancaron tus ramas. Y tú sigues ahí, testigo mudo del paso del tiempo y guardian de unos recuerdos que nunca nadie podrá compartir.

Bajo tus ramas fantaseé con morder una de las olivas que crecían en ti y así compartir tu memoria. ¡Vana ilusión! Nos separan más cosas de las que nos unen. Vivimos en mundos que van a coincidir durante sesenta, setenta u ochenta años pero nuestra cercanía nunca será intersección. Tú vives en tu mundo de silencio y observación y yo en el mío de ruido y acción. Los humanos debemos parecer seres pintorescos a tus ojos, mosquitos revoloteando a tu alrededor a un paso acelerado ajeno a tu quietud. Siempre corriendo, siempre apresurados, bendecidos y maldecidos a la vez por nuestra cercana mortalidad.

¡Y a tí qué más te da! Tienes a tus amapolas, a los olivos jóvenes que te escoltan, a la avena loca que crece a tu alrededor. Hablas con las nubes que vienen y van, te lavas con la lluvia y te calientas con el Sol.

Sigue así, olivera, indiferente al paso del tiempo. Guarda para ti todo aquello que fue y ya no es y no, no se lo cuentes a nadie. Es tu tesoro de nevadas, de sequías, de estaciones y de culturas y de reinos que has visto pasar.... y desaparecer.

Tu humilde observador te saluda y se despide. Espera. Te haré una foto más. Sonrie, olivera morruda.


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Este post sigue a éste que escribí ayer, y que me ha apetecido completar esta mañana. Buen sábado.

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