lunes, 15 de noviembre de 2010

Las montañas en el mar

las montañas en el mar


Greb cazó ayer un jabalí. Volvió cojeando con una fea herida en la pierna y diciendo dónde había escondido el cuerpo debajo de un montón de piedras para evitar que los carroñeros se lo llevaran. Cuando llegamos estaba entero, con muchos insectos por encima, pero perfecto para comer. Lo arrastramos entre tres. ¡Lo que pesaba el cabronazo!

Greb está bastante bien. Lua le ha puesto un emplasto de hojas masticadas y por ahora no tiene fiebre. Por la noche participará en la fiesta, aunque tendrá que quedarse quieto. No podrá hacer lo que más le gusta que es presumir de cómo él sólo se enfrentó a la bestia y la mató de un único lanzazo. Lo cierto es que tiene mano para cazar. El bicho tenía la lanza clavada en mitad de la garganta, metida tres palmos dentro. Creo que atravesó el corazón y cayó desplomada. La herida de Greb es el golpe que se llevó por el impulso de la bestia, que le abrió la pierna de refilón con un colmillo. Muerto y todo casi se lo lleva por delante.

Greb está loco. Ya es la segunda herida seria que se hace cazando solo, y no será la última. Su madre sufre cada vez que se va, aunque es cierto que siempre viene con algo. Cuando le pase algo de verdad todos lo echarán de menos.

Greb me da envidia. Tiene a quien quiere y casi cuando quiere. Los demás no tenemos esa suerte. Con sus aventuras, con sus bailes de loco, con los colmillos del leopardo que mató colgando en su collar... Nadie se acuerda de que antes de que él lo rematara, la primera lanzada se la había dado Nabe, ni de que yo fui quien lo vio escondido en la maleza preparado para saltar sobre nosotros, con sus ojos negros como la noche abiertos y sus fauces babeando, anticipando un festín que no se dio. Nabe también tiene cuatro dientes de aquél leopardo, y yo sólo dos. Yo no lo alanceé, bueno, de hecho lo hice y fallé, pero fui yo quien lo vio.

Qué fresquito hace por la mañana, y el mar está liso. Hoy tendré suerte seguro. Pescaré algo grande. Tan grande que yo también necesitaré ayuda para llevarlo a la aldea y todos me alabarán como a Greb. Pero, ¿qué dientes colgaré yo en mi collar? ¿Los de un pez? Bah, nadie se impresiona con unos dientes de pez, y menos comparado con los de leopardo, o los colmillos del jabalí que seguro que se quedará también.

Está saliendo el Sol. Mira qué bien se ve. Ahí están las montañas del mar. Parecen tan cercanas al amanecer. En estos días con frio se ven tan bien. ¿Vivirá alguien allí? ¿Cuánto tardaría en llegar? Algún día me atreveré. Convenceré a Nabe, que está tan harto de Greb y de los demás como yo, y nos iremos. Ataremos dos o tres troncos más en la balsa y nos iremos. A lo mejor convenzo a Nara también. Nara, Nabe y yo. A ella tampoco le gusta Greb. Creo que es porque él no le hace caso, pero me da igual.

Con tres troncos seguro que tendremos bastante. Allí también se podrá pescar, y recoger bayas, y seguro que no habrá leopardos. Los leopardos no pueden nadar tanto como para llegar allí.

Les tengo que convencer. Será fácil. Yo manejo la balsa perfectamente, igual que Greb la lanza, Nabe no es malo cazando, es el segundo mejor, y Nara sabe tanto de hierbas y setas como la que más. Nos apañaríamos bien sin Greb y todos los suyos. No tendríamos carne de jabalí, pero seguro que cabras podemos cazar. ¿Habrá cabras? Tampoco saben nadar tanto, creo.

Da igual. No estarán los demás que es lo que cuenta. Nabe, Nara y yo. ¿Cuánto tardaremos? Dos días nada más. Por la noche dará miedo, pero si elegimos días claros no nos perderemos. Cuando empieza a hacer calor, que las noches son muy cortas será el momento. Nos queda una estación para prepararnos. Bueno, primero tengo que convencer a los otros, y luego prepararnos. Nadie se puede enterar.

Hoy será un buen día. Voy a pescar un pez grande y luego empezaré a pensar en las cosas que tenemos que ir guardando. Será nuestra tierra. De los tres. Nabe, Nara y yo. Las montañas en el mar. Llegaremos.



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¿Quién sabe cómo fue la vida de los primeros pobladores de la isla?  Existen huellas de ocupación de hace más de tres mil quinientos años. ¿Cómo llegarían hasta aquí? Puede ser que les arrastrara una tormenta, pero yo prefiero pensar que vinieron porque quisieron, porque vieron montañas en el mar en un dia fresco y claro, y les picó el gusanillo del descubrimiento. A fin de cuentas así se extendió la especie humana desde el ecuador hasta los polos: buscando lo que había más allá de la siguiente montaña, cruzando otro rio o atravesando el mar.

Alguien tuvo que ser el primero y este es mi mini cuento sobre él. No le he puesto nombre al protagonista, aunque he tenido tentaciones de llamarle Turx, o algo así  ;-)

Para terminar una disculpa. Te habrás dado cuenta de que la foto y el cuento están al revés. La foto es de un atardecer, y el cuento de un amanecer. Las montañas están a poniente, es la costa de Alicante (Denia, Jávea, etc), y lógicamente nuestro protagonista ve las montañas de la isla desde allí hacia acá, luego tiene que ser al amanecer. Para hacer que la historia tuviera sentido tenía que ser así. Espero que me disculpéis la licencia geográfica.

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