jueves, 18 de noviembre de 2010

Las matemáticas ¿existen o las inventamos?

Qué risa. Estudié física, y durante algún (breve) tiempo estuve dudando si estudiar matemáticas. Uno de los motivos por los cuales no lo hice es porque no estaba seguro de si las matemáticas existían en si mismas o eran una invención humana, y sin embargo no tenía ninguna duda de que la física, es decir, sus leyes, tiene existencia propia más allá de nuestro conocimiento de ellas. Fíjate que ahora voy y descubro que eso es una discusión 'viva' hoy en día.

En vez de que te lo cuente yo, mejor que te lo cuente César. No te pierdas el post de este EXCELENTE blog: Experientia docet.

Las verdades matemáticas, ¿se inventan o se descubren?

lunes, 15 de noviembre de 2010

Las montañas en el mar

las montañas en el mar


Greb cazó ayer un jabalí. Volvió cojeando con una fea herida en la pierna y diciendo dónde había escondido el cuerpo debajo de un montón de piedras para evitar que los carroñeros se lo llevaran. Cuando llegamos estaba entero, con muchos insectos por encima, pero perfecto para comer. Lo arrastramos entre tres. ¡Lo que pesaba el cabronazo!

Greb está bastante bien. Lua le ha puesto un emplasto de hojas masticadas y por ahora no tiene fiebre. Por la noche participará en la fiesta, aunque tendrá que quedarse quieto. No podrá hacer lo que más le gusta que es presumir de cómo él sólo se enfrentó a la bestia y la mató de un único lanzazo. Lo cierto es que tiene mano para cazar. El bicho tenía la lanza clavada en mitad de la garganta, metida tres palmos dentro. Creo que atravesó el corazón y cayó desplomada. La herida de Greb es el golpe que se llevó por el impulso de la bestia, que le abrió la pierna de refilón con un colmillo. Muerto y todo casi se lo lleva por delante.

Greb está loco. Ya es la segunda herida seria que se hace cazando solo, y no será la última. Su madre sufre cada vez que se va, aunque es cierto que siempre viene con algo. Cuando le pase algo de verdad todos lo echarán de menos.

Greb me da envidia. Tiene a quien quiere y casi cuando quiere. Los demás no tenemos esa suerte. Con sus aventuras, con sus bailes de loco, con los colmillos del leopardo que mató colgando en su collar... Nadie se acuerda de que antes de que él lo rematara, la primera lanzada se la había dado Nabe, ni de que yo fui quien lo vio escondido en la maleza preparado para saltar sobre nosotros, con sus ojos negros como la noche abiertos y sus fauces babeando, anticipando un festín que no se dio. Nabe también tiene cuatro dientes de aquél leopardo, y yo sólo dos. Yo no lo alanceé, bueno, de hecho lo hice y fallé, pero fui yo quien lo vio.

Qué fresquito hace por la mañana, y el mar está liso. Hoy tendré suerte seguro. Pescaré algo grande. Tan grande que yo también necesitaré ayuda para llevarlo a la aldea y todos me alabarán como a Greb. Pero, ¿qué dientes colgaré yo en mi collar? ¿Los de un pez? Bah, nadie se impresiona con unos dientes de pez, y menos comparado con los de leopardo, o los colmillos del jabalí que seguro que se quedará también.

Está saliendo el Sol. Mira qué bien se ve. Ahí están las montañas del mar. Parecen tan cercanas al amanecer. En estos días con frio se ven tan bien. ¿Vivirá alguien allí? ¿Cuánto tardaría en llegar? Algún día me atreveré. Convenceré a Nabe, que está tan harto de Greb y de los demás como yo, y nos iremos. Ataremos dos o tres troncos más en la balsa y nos iremos. A lo mejor convenzo a Nara también. Nara, Nabe y yo. A ella tampoco le gusta Greb. Creo que es porque él no le hace caso, pero me da igual.

Con tres troncos seguro que tendremos bastante. Allí también se podrá pescar, y recoger bayas, y seguro que no habrá leopardos. Los leopardos no pueden nadar tanto como para llegar allí.

Les tengo que convencer. Será fácil. Yo manejo la balsa perfectamente, igual que Greb la lanza, Nabe no es malo cazando, es el segundo mejor, y Nara sabe tanto de hierbas y setas como la que más. Nos apañaríamos bien sin Greb y todos los suyos. No tendríamos carne de jabalí, pero seguro que cabras podemos cazar. ¿Habrá cabras? Tampoco saben nadar tanto, creo.

Da igual. No estarán los demás que es lo que cuenta. Nabe, Nara y yo. ¿Cuánto tardaremos? Dos días nada más. Por la noche dará miedo, pero si elegimos días claros no nos perderemos. Cuando empieza a hacer calor, que las noches son muy cortas será el momento. Nos queda una estación para prepararnos. Bueno, primero tengo que convencer a los otros, y luego prepararnos. Nadie se puede enterar.

Hoy será un buen día. Voy a pescar un pez grande y luego empezaré a pensar en las cosas que tenemos que ir guardando. Será nuestra tierra. De los tres. Nabe, Nara y yo. Las montañas en el mar. Llegaremos.



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¿Quién sabe cómo fue la vida de los primeros pobladores de la isla?  Existen huellas de ocupación de hace más de tres mil quinientos años. ¿Cómo llegarían hasta aquí? Puede ser que les arrastrara una tormenta, pero yo prefiero pensar que vinieron porque quisieron, porque vieron montañas en el mar en un dia fresco y claro, y les picó el gusanillo del descubrimiento. A fin de cuentas así se extendió la especie humana desde el ecuador hasta los polos: buscando lo que había más allá de la siguiente montaña, cruzando otro rio o atravesando el mar.

Alguien tuvo que ser el primero y este es mi mini cuento sobre él. No le he puesto nombre al protagonista, aunque he tenido tentaciones de llamarle Turx, o algo así  ;-)

Para terminar una disculpa. Te habrás dado cuenta de que la foto y el cuento están al revés. La foto es de un atardecer, y el cuento de un amanecer. Las montañas están a poniente, es la costa de Alicante (Denia, Jávea, etc), y lógicamente nuestro protagonista ve las montañas de la isla desde allí hacia acá, luego tiene que ser al amanecer. Para hacer que la historia tuviera sentido tenía que ser así. Espero que me disculpéis la licencia geográfica.

lunes, 1 de noviembre de 2010

cuerpos y almas



Morí en 1977, cuando aires nuevos recorrían España. Lo mio fue una desgracia. Un día salí a pescar y no volví. Demasiadas hierbas la noche anterior, creo. Encontraron mi barca a la altura de Sa Caleta, con la mitad del aparejo y un cubo lleno hasta la mitad de la morralla que había recogido antes de que pasara lo que pasó. De mi cuerpo ni rastro. Durante mucho tiempo hubo gente que dijo que me había visto acá o allá, que había huído de la isla escapando del padre de una muchacha según unos o de un tahur al que debía hasta la camisa según otros. Mi pobre madre ni siquiera tuvo un cuerpo que velar, una tumba a la que llevar flores, una lápida que limpiar.

Lo peor de morirse es morirse, luego no se está tan mal. En mi caso aún se me vienen de vez en cuando los momentos de ansiedad cuando ves la barca que se aleja, sientes que las botas tiran de ti hacia el fondo, los brazos no te responden de puro cansancio y la boca no consigue abrirse al aire sino al agua, mientras ves la luz tan cerca y tan lejos, esa superficie espejante en la que está la salvación y podría estar en la luna pese a estar a un metro. Después, cuando sientes que te van a estallar los pulmones no puedes evitar dar una bocanada, el cuerpo te lo ordena esperando el milagro de que el agua se convierta en aire, que todo sea una pesadilla y que te despiertes empapado, pero de sudor. Fútil esperanza. Es cierto, sin embargo, que el letargo llega pronto y la luz se pierde suavemente, sin dolor, sin más que la rabia por lo que pudo ser y no fue, la añoranza por los abrazos perdidos y el arrepentimiento por aquellas malicias que cometemos y de las que siempre esperamos a mejor momento para disculparnos.

¿Y luego qué? Luego nada. Si hay una luz al final de un túnel yo no la vi. Si hay alguna presencia majestuosa que nos da la bienvenida a cualquiera de los cielos o infiernos, de mi se olvidó. Luego nada. Estar sin estar. Ser sin ser. Eterno vagar viendo, oyendo, percibiendo... sin participar de nada.

A falta de mejor palabra digamos que dejé de ser cuerpo para convertirme en alma.

Con la transición cesaron ansiedad y temor, que fueron sustituidos por una calma absoluta. Al poco descubrí que podía elegir dónde ir, e instantáneamente me trasladaba al sitio que fuera con la única condición de que hubiera alguien allí. Me apropiaba de los sentidos de alguna persona y veía a través de sus ojos, oía a través de sus oídos y tocaba a través de sus manos. Gusto y olfato jamás los recuperé. No me preguntes por qué.

Pero tranquilo, amable lector, que tus secretos son tuyos. Por más que lo intenté jamás penetré en la mente de mis agentes. Compartía sentidos pero no razón. Veía suceder cosas pero jamás conseguí influir ni participar en los actos. Nunca he entendido cómo funciona esto, pero como estoy muerto no tengo a quién preguntar ni tiene sentido quejarme.

Supongo que no soy el único que está por aquí, pero tampoco he conseguido encontrar o comunicarme con mis colegas. Entiendo que ellos estarán en mi misma situación, viendo por los ojos de otros y oyendo por los oídos de otros pero incapaces de dejar señales, de indicar su presencia, de manifestarse ni a desconocidos ni a seres queridos.

Sin embargo hay días en los que parecen reducirse las barreras, en las que los vivos parecen darse cuenta de que existimos más allá de su memoria, y yo, por mi parte, siento cierta agitación a mi alrededor, una suave brisa fresca que acaricia mi no cuerpo y que quiero pensar que es el no cuerpo de algún compañero que se acerca a mi y que intenta decirme algo.

Hoy es uno de esos días y sé lo que voy a hacer. Voy a ir sobre la ciudad y me voy a mover tanto y tan rápido que la humedad condense a mi alrededor. Intentaré dejar una huella que todo el mundo vea, por si algún ser vivo o incorpóreo como yo entiende mi grito de ayuda y puedo terminar con esta soledad, que ya dura demasiado.

No está mal esto de estar muerto, pero se me ocurren cosas mejores.

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Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para recordar a quienes no están con nosotros.