lunes, 20 de agosto de 2012

El pintor de batallas, Arturo Pérez Reverte

En algunas ocasiones de un libro salen unos brazos invisibles que te agarran, te agitan, te menean, te remueven, te castigan, te matratan y al final te dejan estar, agotado, hecho unos zorros.

A ver, de Arturo Pérez Reverte nunca se podrá decir que es la alegría de la huerta. Es pesimista, muy en concreto pesimista hacia el futuro de nuestra especie, de la civilización, de las personas.

En este libro saca a pasear todos los monstruos: guerra, tortura, violación, maldad en estado puro. Todo el contexto del libro es claramente autobiográfico. Recordemos que Pérez Reverte fue corresponsal de guerra durante muchos años y muchos de los episodios por lo que pasa el protagonista del libro y que puntualmente aparecen tengo la impresión de que están sacados de sus propios recuerdos. No me extraña que con esa experiencia vital el autor no sea un tipo especialmente alegre.

En el libro, el protagonista es un fotógrafo de guerra que, retirado de su profesión, se dedica a pintar en el interior de una torre de defensa costera -de las que adornan gran parte de la costa mediterránea española, y en particular nuestras costas ibicencas- un fresco en el que están representados los dioses y los horrores de la guerra, de todas las guerras, desde los romanos conquistando la Galia hasta Bosnia e Irak. En ese fresco el pintor de batallas introduce sus fantasmas personales, las caras que se aparecen en sus pesadillas.

Además de sus vivencias como profesional de la guerra, el fotógrafo convertido en pintor vive con el recuerdo de su amada, que murió mientras le acompañaba en uno de sus viajes a los Balcanes al pisar una mina. Su recuerdo imborrable es un motor, un ancla y un lastre a la vez.

Entonces hace aparición en escena un invitado inesperado: un ex soldado croata cuya fotografía -realizada por el protagonista- ocupó portadas y portadas. Alguien a quien su fama accidental costó un precio muy alto, y que pasado el tiempo viene a cobrar deudas pendientes.

Entre ambos personajes se entabla una relación peculiar. Ambos comparten un lenguaje común, el de la guerra, y unos recuerdos similares: el fotógrafo como observador, el otro como sujeto de los mismos. Casi a su pesar ambos se entienden a la perfección, y entre los dos consiguen completar el fresco del horror que el artista no consigue completar por si mismo. En este proceso se suceden las revelaciones que nos hacen comprender por fin el misterio y el secreto que oculta el fotógrafo.

Determinados aspectos concretos del libro me han fascinado. Algunas descripciones, párrafos en los que se describe la relación entre el fotógrafo y su amada: Olvido Ferrara, nada menos que Olvido Ferrara.

En adelante, Venecia siempre sería para Faulques las imágenes de aquella noche singular: luces difusas por la neblina y copos pálidos que caían sobre los canales, lenguas de agua que rebasaban los peldaños de piedra blanca y se extendían en ondas suaves por el empedrado, la góndola que vieron pasar bajo el puente con dos pasajeros inmóviles cubiertos de nieve y el gondolero cantando en voz baja. También las gotas de agua en el rostro de Olvido y su mano izquierda deslizándose por la balaustrada de la escalera camino de la habitación, el crujido del suelo de madera, la alfombra en la que a ella se le enganchó el tacón de un zapato, el espejo enorme a la derecha donde la vio mirarse de soslayo al pasar, los grabados en las paredes del pasillo, la tenue luz amarillenta que entraba por la ventana cuando, ante la gran cama del dormitorio, tras despojarse de los abrigos mojados, él le alzó muy despacio el vestido hasta las caderas mientras ella le miraba los ojos en la penumbra con una intensidad fija e impasible, medio rostro iluminado apenas, bella como un sueño. En ese momento Faulques se alegró en su corazón —un gozo tranquilo y salvaje a un tiempo— de que no lo hubiesen matado ninguna de las veces que eso hubiera sido posible; porque en tal caso no estaría allí esa noche, desnudando las caderas de Olvido, y nunca la habría visto retroceder hasta recostarse en la cama, sobre la colcha intacta, sin dejar de mirarlo entre el cabello suelto y mojado de aguanieve que se le derramaba sobre la cara, la falda subida hasta la cintura, abriendo despacio las piernas con una deliberada mezcla de sumisión e impúdico desafío, mientras él, impecablemente vestido todavía, se arrodillaba ante ella y acercaba la boca, entumecida por el frío de la noche, a la oscura convergencia de aquellos muslos largos y perfectos, en cuyo centro latía cálida, suavísima, deliciosamente húmeda al contacto de sus labios y su lengua, la carne espléndida de la mujer a la que amaba.

Si. Es ella. La protagonista; la mujer; el ideal que está en lo más profundo de nuestro pensamiento; la persona por la que perderíamos todo, y a la que no podemos perder; la que puebla nuestros sueños.  En pocos sitios he visto mejor retratado el ideal femenino que en la descripción de Olvido Ferrara: libre, culta, inteligente, desafiante, imaginativa, vencedora. El personaje que ocupa el libro sin ser protagonista, la que da sentido a todo y sin la cual nada, pobre fotógrafo, tiene sentido.

En las páginas del libro encontramos terror, amor, violencia, esperanza, felicidad, remordimientos, determinación, comprensión, lucidez y sobre todo soledad. El personaje se enfrenta a su propia soledad acompañado de sus recuerdos y de las consecuencias de sus propios actos. El 'angst' de Kierkegard  en estado puro.

¿Recomendable?
SI. En mi lista corta de 'el mejor libro leído en 2012' me ha conmovido muy muy profundamente. Es muy triste pero vale la pena leerlo, y termina como debe terminar. ¿Se le puede pedir más a un libro?

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El pintor de batallas, Arturo Pérez Reverte, ed. Alfaguara, 304 pág, 19,95 €

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