lunes, 15 de octubre de 2012

Personas anónimas. Italia 2012

En un viaje de diez días da tiempo a muchas cosas, a veces a demasiadas, y sin embargo siempre se quedan cosas pendientes. Una de mis ideas era hacer fotos de distinto tipo: foto de paisaje, macro, urbana, etc. Al final no pude hacer las fotos que quería, probablemente no tenía la inspiración necesaria (si es que eso existe) o las ganas o lo que fuera. Aún así al volver tenía aproximadamente 1600 fotos que repasar, tomadas con dos cámaras, la NIKON D7000 y la LUMIX LX3. Poco a poco he ido procesando, a ritmo lento que tampoco he estado sobrado de tiempo. Todavía me quedan unas 500 por mirar, pero vamos, me voy haciendo a la idea de que este viaje no pasará a la historia de la fotografía. Ni falta que hace.

Ya he colgado alguna entrada temática, y seguiré colgando alguna que otra.  Hoy le toca a los personajes que uno no conoce y que aparecen de un modo u otro en los encuadres. Modelos anónimos que uno utiliza como sujeto de la fotografía, para componer, para lo que sea. Aquí hay unos cuantos.


Oyendo crecer la hierba
A media hora en coche del Lago de Garda se encuentra el Lago de Ledro. Pequeño, coqueto, discreto, bonito. Rodeado de montañas, el agua está fría incluso a principio de septiembre. Las hierba crece en la ribera, y los árboles llegan prácticamente hasta la orilla en casi todo su perímetro. La tarde es agradable. Hace calor pero no demasiado.

Si algún día quisiera reflexionar sobre o humano y lo divino es posible que eligiera un sitio como este, sobre todo en invierno. Solitario, tranquilo, alejado, bonito. No soy yo, de todos modos, de caracter meditativo y solitario, así que es difícil que acabe pasando una temporada de ermitaño en en caserío de la montaña. Pero hay que reconocer que en determinados momentos la idea no deja de tener mérito.

Este señor está sentado al lado del lago, al sol. Lo he visto llegar solo, extender su toalla, quitarse los zapatos y sentarse mirando a la gente que se baña; a los patos que se mueven en escuadrón de un lado a otro, pescando pececillos o insectos; mirando cómo va cambiando la tonalidad de la luz con el paso de las horas; podríamos decir que este señor está oyendo crecer la hierba.


Una tradición estúpida


En Verona hay tantas cosas que ver, que es asombroso como la gente -como nosotros mismos- nos agolpamos en un callejón infecto para entrar en el patio de la presunta casa de Julieta. Aún más, algunos pagan y entran en un decorado de teatro que representa la época y al personaje.

Mucha gente deja su marca en el callejón, en forma de corazones, nombres,  deseos y fechas. La gente traslada a la pared su declaración de amor con la esperanza de que este nunca se rompa, como si un grabato sobre una pared encalada pudiera cambiar el devenir de los acontecimientos. Es muy humano, de todos modos, confiar a un mito, a una costumbre, a una tradición aquello que sabemos que no podemos confiar a nosotros mismos.

Las paredes están negras, son un palimpsesto de buenos deseos. 'Lucia, ti amo', 'Jorge y Ana, para siempre', 'Rose, you're my rose'... y así hasta cien millones. Los más atrevidos se encaraman allá donde pueden para poder escribir algo en los huecos que puedan quedar, cuanto más alto mejor. Los demás visitantes pasamos por debajo y al lado de los trepadores, insensibles a su amor, pero más bien preocupados por su inconsciencia, no sea que uno de ellos se precipite sobre la gente.

Quién sabe qué está escribiendo el chico de los pantalones de cuadros. Quién sabe si las palabras que ha escrito, sean las que sean, no valen ya menos que los chicles masticados -otra tradición estúpida- que muchos pegan en esa misma pared.


La ciudad de los ciclistas valientes

Vicenza es una ciudad a la que llegamos con mal pie. No era el plan que teníamos para ese día, pero la insistente y a veces torrencial lluvia nos aconsejó hacer un recorrido urbano. Una ciudad como muchas otras, con calles empedradas y soportales, con gente ajetreada que caminaba absorta en sus propios pensamientos, gente que andaba con un ritmo intermedio, entre el pausado paso de los pueblos y el nervio propio de las grandes ciudades.

Los paraguas aparecían y desaparecían con la lluvia, el día aconsejaba no separarse mucho de uno. Lo que no desaparecía eran las bicicletas. Mucha gente se desplazaba en bico, con lluvia o sin lluvia. Acostumbrados al clima, supongo, y al hecho de que por el centro urbano sólo se podía circular en vehículo con muchas limitaciones.  El agua en el suelo espejeaba a poco que saliera un rayito de Sol, pero la verdad es que salieron pocos. Un día gris, húmedo y desapacible. Otoño anticipado.

No me atrevería a decir 'hasta pronto, Vicenza'. No me atrevería.


Dieta mediterránea


Venecia, anochece. La gente va pensando en recogerse, regresar al hotel, a la estación de tren, al vaporetto que los llevará de vuelta. Porque nadie, o casi nadie, vive en Venecia. Nadie, o casi nadie, vuelve a casa en Venecia. En Venecia nadie se siente turista porque todos somos turistas.

Una pareja pasea, seguramente cansada de un día de callejear sin rumbo; la cámara en bandolera él, el bolsito en bandolera ella. Yo diría que son españoles por su fisonomía, aunque no los he oído hablar.

Pero... ¿qué tienen en la mano izquierda? Vaya, ¡una tarrina de helado! Dicen que la dieta mediterránea se basa en el aceite de oliva,  en el trigo y en el vino, pero es mentira. Se basa en el helado. Lo he visto y lo he disfrutado.


¿Será la crisis?

Volvemos a Vicenza, a sus calles mojadas y sus fachadas deterioradas. Bajo el soportal, al lado de la calle, este joven escucha música. La mochila en el suelo, abierta. De ella extrae tabaco de liar y una cajita con papel de fumar.

Como yo no soy fumador ni lo he sido nunca no tengo ni idea de si los cigarros liados saben mejor o peor que los cigarros comprados. He oído que son más sanos, o quizá estaría mejor decir menos insanos. He oído que hay gente que los usa para fumar menos, puesto que la ceremonia de liarlo hace que en lugar de fumar uno tras otro fumen de modo más pausado.  También he oído que simplemente es más barato. Lo cierto es que sea por lo que sea, cada vez veo más gente que fuma tabaco de liar.

Observo que en Italia esto ocurre también. Yo pienso que es por la crisis. ¿Será verdad?


No sin mi bebé


Creo que uno de los mejores modos de conocer este precioso y espectacular paisaje es yendo en bici. También es cierto que para eso uno tiene que estar muy muy en forma. Hasta las carreteras principales tienen repechos que pondrían a prueba las piernas de más de uno. Yo creo que lo dejaré para mi próxima reencarnación.

La admiración que siento por la gente que se lanza a esta esforzada aventura se multiplica por mil cuando veo que a quienes se atreven a enganchar a su bici esta especie de remolque porta niños. No sé si es más admiración por sus piernas o más sorpresa por el valor de arrastrar a un tierno infante montaña arriba montaña abajo por carreteras con un cierto tráfico.

¿Qué pensará el niño o la niña que a ras de asfalto ve como los coches le adelantan, como las montañas se alzan imponentes a ambos lados, y como las piernas de su padre sudan la gota gorda un metro por delante, moviéndose rítmicas e hipnóticas arriba y abajo? Yo sé que con María no hubiera podido hacer esto. Ni yo tenía fuerza ni ella paciencia.


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