jueves, 23 de agosto de 2012

El mundo es cada día más pequeño

La globalización no deja de sorprenderme. Recibí el otro día una de esas cartitas que llegan de Hong Kong con un anillo de adaptación objetivo/filtro que me hacía falta. El citado anillo no es más que una pieza de metal con dos roscas, una interior y otra exterior. Lo que se ve en la foto, vamos. Su precio en una tienda de fotografía online española es de 14,99 € más 6 € de portes. 21 € en total.

Sin embargo lo compré como casi todos estos cacharritos a través de eBay, en una tienda de Hong Kong. Me costó la asombrosa cantidad de 1,90 $, aproximadamente 1,5 €, PORTES INCLUIDOS. Lo tenía en mi mesa 15 días después de pedirlo.

El mundo es cada día más pequeño, nos demos cuenta o no.

lunes, 20 de agosto de 2012

El pintor de batallas, Arturo Pérez Reverte

En algunas ocasiones de un libro salen unos brazos invisibles que te agarran, te agitan, te menean, te remueven, te castigan, te matratan y al final te dejan estar, agotado, hecho unos zorros.

A ver, de Arturo Pérez Reverte nunca se podrá decir que es la alegría de la huerta. Es pesimista, muy en concreto pesimista hacia el futuro de nuestra especie, de la civilización, de las personas.

En este libro saca a pasear todos los monstruos: guerra, tortura, violación, maldad en estado puro. Todo el contexto del libro es claramente autobiográfico. Recordemos que Pérez Reverte fue corresponsal de guerra durante muchos años y muchos de los episodios por lo que pasa el protagonista del libro y que puntualmente aparecen tengo la impresión de que están sacados de sus propios recuerdos. No me extraña que con esa experiencia vital el autor no sea un tipo especialmente alegre.

En el libro, el protagonista es un fotógrafo de guerra que, retirado de su profesión, se dedica a pintar en el interior de una torre de defensa costera -de las que adornan gran parte de la costa mediterránea española, y en particular nuestras costas ibicencas- un fresco en el que están representados los dioses y los horrores de la guerra, de todas las guerras, desde los romanos conquistando la Galia hasta Bosnia e Irak. En ese fresco el pintor de batallas introduce sus fantasmas personales, las caras que se aparecen en sus pesadillas.

Además de sus vivencias como profesional de la guerra, el fotógrafo convertido en pintor vive con el recuerdo de su amada, que murió mientras le acompañaba en uno de sus viajes a los Balcanes al pisar una mina. Su recuerdo imborrable es un motor, un ancla y un lastre a la vez.

Entonces hace aparición en escena un invitado inesperado: un ex soldado croata cuya fotografía -realizada por el protagonista- ocupó portadas y portadas. Alguien a quien su fama accidental costó un precio muy alto, y que pasado el tiempo viene a cobrar deudas pendientes.

Entre ambos personajes se entabla una relación peculiar. Ambos comparten un lenguaje común, el de la guerra, y unos recuerdos similares: el fotógrafo como observador, el otro como sujeto de los mismos. Casi a su pesar ambos se entienden a la perfección, y entre los dos consiguen completar el fresco del horror que el artista no consigue completar por si mismo. En este proceso se suceden las revelaciones que nos hacen comprender por fin el misterio y el secreto que oculta el fotógrafo.

Determinados aspectos concretos del libro me han fascinado. Algunas descripciones, párrafos en los que se describe la relación entre el fotógrafo y su amada: Olvido Ferrara, nada menos que Olvido Ferrara.

En adelante, Venecia siempre sería para Faulques las imágenes de aquella noche singular: luces difusas por la neblina y copos pálidos que caían sobre los canales, lenguas de agua que rebasaban los peldaños de piedra blanca y se extendían en ondas suaves por el empedrado, la góndola que vieron pasar bajo el puente con dos pasajeros inmóviles cubiertos de nieve y el gondolero cantando en voz baja. También las gotas de agua en el rostro de Olvido y su mano izquierda deslizándose por la balaustrada de la escalera camino de la habitación, el crujido del suelo de madera, la alfombra en la que a ella se le enganchó el tacón de un zapato, el espejo enorme a la derecha donde la vio mirarse de soslayo al pasar, los grabados en las paredes del pasillo, la tenue luz amarillenta que entraba por la ventana cuando, ante la gran cama del dormitorio, tras despojarse de los abrigos mojados, él le alzó muy despacio el vestido hasta las caderas mientras ella le miraba los ojos en la penumbra con una intensidad fija e impasible, medio rostro iluminado apenas, bella como un sueño. En ese momento Faulques se alegró en su corazón —un gozo tranquilo y salvaje a un tiempo— de que no lo hubiesen matado ninguna de las veces que eso hubiera sido posible; porque en tal caso no estaría allí esa noche, desnudando las caderas de Olvido, y nunca la habría visto retroceder hasta recostarse en la cama, sobre la colcha intacta, sin dejar de mirarlo entre el cabello suelto y mojado de aguanieve que se le derramaba sobre la cara, la falda subida hasta la cintura, abriendo despacio las piernas con una deliberada mezcla de sumisión e impúdico desafío, mientras él, impecablemente vestido todavía, se arrodillaba ante ella y acercaba la boca, entumecida por el frío de la noche, a la oscura convergencia de aquellos muslos largos y perfectos, en cuyo centro latía cálida, suavísima, deliciosamente húmeda al contacto de sus labios y su lengua, la carne espléndida de la mujer a la que amaba.

Si. Es ella. La protagonista; la mujer; el ideal que está en lo más profundo de nuestro pensamiento; la persona por la que perderíamos todo, y a la que no podemos perder; la que puebla nuestros sueños.  En pocos sitios he visto mejor retratado el ideal femenino que en la descripción de Olvido Ferrara: libre, culta, inteligente, desafiante, imaginativa, vencedora. El personaje que ocupa el libro sin ser protagonista, la que da sentido a todo y sin la cual nada, pobre fotógrafo, tiene sentido.

En las páginas del libro encontramos terror, amor, violencia, esperanza, felicidad, remordimientos, determinación, comprensión, lucidez y sobre todo soledad. El personaje se enfrenta a su propia soledad acompañado de sus recuerdos y de las consecuencias de sus propios actos. El 'angst' de Kierkegard  en estado puro.

¿Recomendable?
SI. En mi lista corta de 'el mejor libro leído en 2012' me ha conmovido muy muy profundamente. Es muy triste pero vale la pena leerlo, y termina como debe terminar. ¿Se le puede pedir más a un libro?

-----------
El pintor de batallas, Arturo Pérez Reverte, ed. Alfaguara, 304 pág, 19,95 €

jueves, 16 de agosto de 2012

Rescate, David Malouf

La historia de la literatura está llena de escenas, situaciones, capítulos o personajes que son secundarios a una trama central pero que quizá merecerían ser explorados. El autor toma uno de los 'episodios' de la Ilíada y sobre él construye su argumento.

Para vengar la muerte de Patrocolo, Aquiles desafía a Héctor a combate singular, con el resultado conocido por todos. Una vez muerto Héctor, Aquiles arrastra el cuerpo por el campo de batalla unido a su carro y no lo devuelve para que sea honrado y cremado en la ceremonia fúnebre reservada a héroes, príncipes y reyes. Pasan once días, y Príamo, Rey de Troya decide visitar a Aquiles y humillándose ante él, pedirle que le devuelva el cuerpo de su hijo.

La Ilíada termina así, en su canto XXIV, no con la toma y destrucción de Troya, como generalmente se supone. De hecho en la Ilíada no sale ningún 'caballo de troya' para sorpresa de muchos, pero vamos, esto no es importante ahora.

La visión del anciano Príamo suplicando al héroe Aquiles por el cuerpo de su hijo no es ninguno de los momentos que todos recordamos de la Ilíada: el combate entre Héctor y Aquiles, el de Paris y Menelao, las disputas entre Agamenón y Aquíles o las permanentes demostraciones de ingenio de Ulises. Sin embargo este es uno de los momentos más íntimos y delicados dentro de una historia excepcional.

El autor hace un excelente trabajo relatándonos la angustia de Príamo, que se ve obligado a abandonar su rol de rey cuasidivino de Troya para adoptar el de padre doliente; que arriesga su propia vida en la ancianidad para poder honrar a su hijo; que contra los consejos de su corte se embarca en una aventura personal en la que deja parte de su honor y lo que hoy llamaríamos imagen.

Príamo se hace acompañar por un mulero, al que llama Ideo como su heraldo, y que se convierte en el Sancho Panza particular de esta historia. Con su naturalidad y sencillez acerca al Rey al mundo de los mortales. Siguiendo el decurso del canto, encuentran ayuda divina en su camino, y finalmente llegan hasta el campamento argivo, donde Aquiles les recibe y se cierra la historia.

El autor me ha convencido de que este pasaje merecía una segunda lectura, que inmediatamente voy a hacer. Me ha conmovido con el dolor de Príamo pero también de Aquiles, cada uno por sus motivos. Dolores personales y particulares en el contexto de destrucción generalizada de la guerra. Dicen que uno sufre más cuando le pone cara al dolor, que una muerte aislada conmueve mucho más que la muerte generalizada, que no somos capaces de comprender qué significan diez mil  muertos en un terremoto, o treinta muertos en un atentado, pero que cuando eso se personaliza e individualiza en personas concretas sí que nos llega.

No es una novedad para el que siga este blog que para mi la Ilíada es una de las joyas de la literatura universal. Este es uno más de los libros nacidos a su amparo, y un buen libro, por cierto.

¿Recomendable?
Siempre que te llame el mundo griego y más concretamente el mundo homérico sí.

-----------
Rescate, David Malouf, ed. Libros del asteroide, 192 pág. 16.95€