viernes, 25 de enero de 2013

A ninguna parte


La cafetería está casi vacía. Tiene sillones corridos de bar de película americana y sillas con tapicería de escay roja, de esa que siempre está fría y hace ruidos sospechosos al resbalar sobre ella. Atiende una camarera novata que parece estar a punto de tirar cada cosa que lleva entre las manos. Algunos dominicales de periódicos a disposición de la clientela y la ilusión de una biblioteca en una pared.

Lugar desangelado este sitio, que con sus enormes cristaleras y el ambiente frío recuerda a la inmortal cafetería del cuadro de Hopper, donde almas en pena buscan refugio ilusorio y bebida caliente en la noche de Nueva York. Si yo tuviera que refugiarme desde luego no sería aquí.

Alguien se levanta, paga y se va. Queda solo una pareja sentada en un lateral del local, pegados a lo que en otro momento fue un escaparate. Sobre la mesa dos tazas, más bien tacitas, de café. El vaso es de cristal y descansa sobre una peana metálica de la que sale el asa, un grueso hilo metálico que da la vuelta sobre si mismo y vuelve a la base. Los cortados se consumen y dejan las paredes transparentes manchadas de espuma, al fondo un poso de azúcar medio disuelta en café.

Miradas intensas, concentradas, sentidos alerta. Ambos están muy pendientes de lo que se dice, intentando entenderlo todo, que no escape nada, probablemente buscando indicios, mensajes, códigos... La conversación sigue alrededor de las tazas vacías. Muchas cosas dichas, algunas pendientes por decir;  recuerdos compartidos que mejor se olvidaran y la sombra de aquellas cosas que puede que nunca vuelvan. Muchas palabras, algunos silencios; sonrisas y puede que ceños fruncidos. Los restos del café son mudos testigos de la lucha de voluntades que se produce, parte expresada y parte latente, parte pública y parte privada. Los dos dicen cosas que no quieren decir y callan cosas que mejor estarían dichas. Se guardan ilusiones y hablan de fracasos. Es posible que nadie sea culpable pero lo que es seguro es que ninguno es inocente.

Al rato se van. Se despiden con un suave beso en los labios. Un beso lleno de recuerdos con un matiz de deseo y cierto aroma de esperanza, pero un beso de despedida. Ninguno de los dos sabe cuándo será la próxima vez. Él se gira y echa a andar sin volver la vista atrás ni un segundo, demasiado orgulloso para permitirse un gesto de debilidad. Ella espera un instante y comienza a andar en otra dirección, demasiado insegura para otra cosa. Los dos pagarían una fortuna por los pensamientos del otro, y lo han tenido fácil, muy fácil: un minuto antes cualquiera de los dos podía haber hablado, podía haber preguntado,  pero ambos han elegido no hacerlo, se han ceñido al protocolo de seguridad máxima, se han concentrado en la autoprotección.

Mientras andan en direcciones diferentes ambos se hacen la misma pregunta: ¿habrá otra oportunidad? Quizá sí, quizá no. Ni siquiera ellos lo saben. No todavía. Ahora se alejan, pero puede que en otra ocasión se acerquen.

En el interior no queda nadie, la cafetería se ha quedado sola. La camarera ha desaparecido tras una puerta y no quedan clientes en la sala. Sobre la mesa las dos tazas, tacitas, vacías. Sus asas han quedado  entrecruzadas en un abrazo inexistente. No llegan a tocarse, pero la ilusión óptica es poderosa. Parecen soldadas, unidas para siempre, pero no lo están. Entre ellas hay un espacio pequeño o grande en función de la escala de medida que uno use. Un optimista diría que la separación es casi inexistente. ¿Qué eres tú, optimista o pesimista?

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Foto Olympus PEN E-PL5, Zuiko 14-42 f/3,5-5,6

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