martes, 8 de enero de 2013

Colores: gris

El sol no ha salido y él ya está subiendo en el coche. Hace frío pero no demasiado, a fin de cuentas es diciembre, así que algo de frio debe hacer. Se sienta al volante, arranca y sale del parking.

Hay poco tráfico, y conduce sin pensar mucho. No tiene un destino claro, en cada cruce elige al azar, en alguna rotonda da dos vueltas antes de decidir qué salida tomar. Se dirige al oeste, y poco a poco las opciones se van reduciendo. Se mete por un desvío que no está asfaltado, y acaba aparcando en un pequeño descampado que hay junto a una caleta llena de casetas de pescadores.

Sale a la noche y sube un terraplén ayudado con una pequeña linterna. La altura sobre el mar no es de  más de diez metros, y el lado que da a la orilla es acantilado. Hay algo de viento y el mar está revuelto, sin grandes olas, pero suficiente como para que el ruido de la rompiente se haga notar alto y claro, o alto y confuso.

Llega hasta el final y se sienta a un metro del borde. Saca el gorro del bolsillo de la chaqueta y se lo pone. No hace nada más. Deja pasar el rato.

Clarea. Las estrellas desaparecen. Hay algunas nubes altas que se mueven bastante rápido. Ocasionalmente al ruido de mar se suma el de los aviones que despegan en dirección oeste desde el cercano aeropuerto.  Los aviones se pierden entre las nubes pero su sonido sigue oyéndose hasta que en un minuto o dos el ruido blanco de las olas tapa al ruido sucio de los reactores.

El horizonte enrojece y luego amarillea; el mar vuelve a ser azul; la tierra arcillosa es roja. Los colores se mezclan en su cabeza como en la paleta de un pintor, intenta conseguir algo pero al final sólo queda gris. Sólo gris.

La luz deja ver sus rasgos. Tiene facciones duras, los pómulos pronunciados. Tiene una barba de tres o cuatro días, los ojos pequeños y algo hundidos, de color oscuro, indistinguible. La nariz no es muy grande pero no es pequeña. Los labios tirando a gruesos.

El tiempo pasa y su mirada sigue perdida en el mar. Al cabo del rato se levanta y se va.






Las horas pasan despacio. Todo el día hablando y escuchando, viendo gente, resolviendo y creando problemas, desempeñando su papel, ejerciendo su rol, representando su parte de la función.

Mientras tanto la cabeza en otro sitio. Vaga la imaginación hacia un rincón apartado del ajetreo, del ruido, de la presión y de la tensión.

Hay alternativas, siempre las hay. Sólo hace falta entenderlas, identificarlas, reconocerlas. Ahora no es capaz, pero él sabe que ahí están, escondidas bajo la pesada realidad llena de números, de datos, de traiciones y de alegrías. Ahí están las opciones. Sólo falta encontrarlas y elegir entre ellas.

El teléfono sigue sonando; las caras siguen haciendo gestos; los labios se abren y cierran lanzando sonidos, palabras, frases, elementos de comunicación que él entiende y a los que casi siempre da respuestas lógicas, coherentes, aceptables, correctas. Todo automático. Un papel aprendido.

Y sigue pensando. No se puede quitar de la cabeza el color gris, el color que es suma de colores y no es ninguno. Quiere que su cabeza se vuelva a pintar de azul, de rojo, de verde, y sabe que están ahí, dentro del gris, pero no sabe liberarlos de sus cadenas, de su prisión. Busca, pero no encuentra la llave.







Atardece. El sol se pone pronto en el frio de la tarde de diciembre. Ahora está solo otra vez, en el mismo sitio que por la mañana.

No hay más voces que las interiores, ni más caras que las recordadas. No hay un presente real, sino una mezcla de memoria y anticipación, de recuerdos de lo que fue y de expectación ante lo que viene o puede venir.

Las opciones trazan en su cabeza caminos serpenteantes que se cruzan y entrecruzan. Líneas negras atraviesan desiertos de color ocre; anchas avenidas multicolores terminan en muros de color piedra; puertas se abren y se cierran erráticamente, creando y destruyendo circuitos de luz, circuitos de color, circuitos de oscuridad.

Las alternativas crecen y menguan al ritmo de las esperanzas e ilusiones, que aparecen y desaparecen tal y como algunos recuerdos predominan sobre otros. Azul, rojo esperanza; marrón, pardo tristeza; amarillo, naranja ansiedad; verde, violeta temor; gris, confusión.

El blanco o el negro no están por ningún sitio. No hay decisión, nada está claro. Todo son medias tintas, semitonos, sombras, degradados del color gris de la duda, el color gris  de los interrogantes. El color gris, suma de otros colores, mezcla bastarda de azules, rojos, naranjas, verdes y amarillos. El color gris de la confusión.





Sigue sentado en el mismo sitio. Las estrellas aparecen poco a poco. La noche vence al día, y el frío va notándose. No tardará en irse. ¿Irse a dónde? Irse a casa. A su casa. A la casa. Allí donde todo puede pasar, o puede no pasar. El sitio en el que no quiere estar sólo, pero tampoco puede estar acompañado. El sitio donde más se mezclan los colores.

El sol ya se ha puesto hace rato. Él se levanta y se va. En el cielo triunfan las estrellas en una noche clara, limpia, gloriosa. Ojalá todo fuera tan claro y tan limpio. Ojalá los caminos fueran inmutables como el de los planetas a través del firmamento: ciclos y epiciclos que se repiten hasta el fin de los días. Pero no es así, él sabe que no es así.

Conduce despacio, sin prisa. Nadie le espera, no espera a nadie.

Los colores han desaparecido en el exterior, vencidos por la noche, pero él sabe que están ahí. En algún momento los supo ver, los supo distinguir, los supo encontrar.

En algún momento los volverá a ver, los volverá a distinguir, los volverá a encontrar.




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Todas las fotos Olympus E-PL5, tomadas en varios días en Sa Caleta a distintas horas, como es evidente.

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