sábado, 26 de enero de 2013

Un riad en Marrakech

Para el que no lo sepa, un riad es un edificio tradicional marroquí con patio interior. Actualmente muchos de los que están ubicados en las medinas de las ciudades turísticas se han transformado en pequeños hoteles de unas pocas habitaciones con características muy peculiares.

En Marrakech me alojé en uno de ellos, Dar Atajmil, situado en el corazón de la medina a cinco minutos andando de la plaza Jamaa el Fna que se podría traducir por "asamblea de los muertos", que no me digas que no tiene guasa el nombre para una plaza. Para quien no lo sepa esa plaza es el lugar donde pasa todo en esta extraña y particular ciudad que tanto me costó entender, pero que al final me convenció de que valía la pena el viaje.

Pero vamos a lo que vamos. El choque de la llegada a la medina, con su batiburrillo de gente, asnos, porteadores con carretillas, suciedad, paredes desconchadas, etc., te hace estar en un estado de prevención. Mi inexperiencia en el norte de África me hacía preguntarme dónde me había metido. Este estado se acrecentó con la llegada al riad tras dar vueltas y revueltas por el laberinto de calles, callejas, pasajes, túneles y pasadizos que forman el corazón de esta ciudad. En un callejón estrecho al que se llega tras pasar junto a varios edificios derruidos está la puerta del riad. Un portón de madera tan bajo que hasta yo me tenía que agachar para pasar. De nuevo la pregunta... ¿dónde me he metido?

Pero todo eso cambia al entrar. Siguiendo la milenaria tradición árabe, las casa están orientadas hacia adentro. Desde fuera lo único que se ve es una puerta poco prometedora y paredes de yeso ocre que se alzan sin ventanas hasta la altura de un segundo o tercer piso, mientras que el interior es un pequeño oasis de buen gusto, tranquilidad, bella decoración y ambientes acogedores que invitan a la relajación. Un patio interior pequeño rodeado de pequeñas salas con sillones y mesas y una biblioteca. Plantas de todo tipo, alfombras, objetos de bronce, de terracota, mesas de latón y sillones de cuero y de tela.

Espera un desayuno estupendo del que disfrutaré cada día durante mi estancia: fruta, panqueques, mermeladas de varios tipos, mantequilla casera, pan recién horneado y té de menta tan dulce que parece que los dientes se le vayan a caer a uno.

Pocos sitios he conocido más acogedores que este riad, con sus habitaciones sin llave, su terraza espléndida donde uno disfrutaba de la primera comida del día, sus cientos de detalles de buen gusto, el personal atento, servicial, amable y preocupado por el bienestar de los clientes. Un lugar agradable en una ciudad en la que me fue difícil aterrizar.

Me costó dos días completos comprender que aquí no se viene a hacer nada. Se viene a estar, a disfrutar del tiempo, a sentarse en una terraza y ver la gente, a sorprenderse con la coexistencia del pasado y el presente en un mismo espacio, a vivir la diferencia, a sentirse seguro en callejones oscuros y retorcidos que no pisaría uno en su propia ciudad. Y también se viene a decir mil veces que no, a rechazar cien ofrecimientos interesados o altruistas de ayuda, a declinar invitaciones a entrar en tiendas, por llamarles de alguna manera, donde podríamos comprar de todo o casi. Dispuesto a todo esto, sin prisa alguna y con ganas de disfrutar de una cultura distinta uno puede pasar unos cuantos días estupendos en Marrakech. Y para alojarte allí olvídate de hoteles, busca un riad en la medina y acertarás. Donde yo estuve es un buen ejemplo y una buena elección. ¿Unas fotos?





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Fotos Olympus Pen E-PL5, Lumix 20mm f/1.7, tomadas en el riad Dar Atajmil en Marrakech en distintos días. 

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