jueves, 17 de enero de 2013

Yo lo tengo claro, ¿y tú?


yo lo tengo claro, ¿y tú?


Tarde o temprano tenía que pasar, un hecho inevitable y predecible, pero no tenía porque haber sido ayer, no tenía porqué haber pasado este mes, ni este año.  El viento del noroeste soplaba sin cesar desde hacía un par de días, frío y seco, invernal, áspero, y él se aprestó a cumplir con su ritual, atendió a la llamada ineludible del temporal, acudió allá donde más violentamente se manifestaban los elementos.

¿Quién no hubiera tenido cuidado viendo cómo las olas saltaban por encima de las rocas? Una y otra vez la mar invadía la tierra, la orilla desaparecía bajo el agua dejando un suspiro de arena, apenas lo justo para que la playa pareciera lo que en otros momentos era playa. Ignorando el riesgo seguía allí, viendo la fuerza de la naturaleza desatada, sintiéndose pequeño ante el poder desencadenado, hipnotizado por el oleaje, zarandeado por el viento, mojado por la espuma. El gorro calado hasta las orejas, una bufanda multicolor, el abrigo impermeable de los días de más duro invierno, y los ojos de quien mira el objeto de su amor. Rara vez tuvo sensación de peligro, sintiéndose uno con el mar, con el viento, con la ira de la naturaleza; rara vez se apartó cuando el agua llegaba a lamer sus botas, cuando un roción llenaba su cara de salpicones, cuando una racha de viento más fuerte le hacía perder el equilibrio. Otra ola más, otra ráfaga más; otra que pudo ser como las anteriores pero no lo fue.


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