martes, 19 de febrero de 2013

flores de cristal, corazón de hielo

I)

Detiene el coche al lado de la carretera. Para el motor y deja que suene la radio. Un cantante de principios de siglo interpreta una de esas canciones que suenan una y otra ven en las emisoras de música sin interrupciones, una balada de alguien por lo demás perfectamente desconocido: 'I'm not the perfect person, There's many things I wish I didn't do ...' Escucha esto y siente como esta letra se le podría aplicar. Perfectamente.

Deja la música sonar, y cuando termina la canción apaga la radio. Se queda sentado, echado para atrás, oyendo el el tráfico pasar a su lado, sin mirar ni ver más allá del parabrisas. 'There's many things I wish I didn't do...' Niega con la cabeza. No. Se mira las palma de las manos que ha apoyado en su regazo. Las manos que ve son grandes, de dedos ni largos ni cortos, manos de alguien acostumbrado a trabajar sin mucho esfuerzo físico, manos de teclado, manos de bolígrafo, manos de libro y de ratón. Manos que tantas veces utilizó para el placer, y alguna, sólo alguna vez, para el dolor.

No, vuelve a negar. El silencio en el interior del coche no es completo, el coche, aún parado, hace de vez en cuando un pequeño sonido mecánico que nunca supo de dónde venía. De rato en rato pasa otro vehículo por la carretera, los menos, y a veces se oye el rumor de las hojas de los árboles cuando una ráfaga más fuerte de viento los agita.

No. Como San Pedro, niega por tercera vez sabiendo que está condenado a negar la negación, a aceptar lo inevitable. Sabe que por más que su razón haya tomado una decisión no será capaz de llevarla a cabo.

Se mira la palma de las manos y recuerda cuando esas manos estuvieron llenas de carne, llenas de piel morena, llenas de amor. El recuerdo es tan vivo que da miedo.

Arranca el coche y se incorpora sin mucha atención a la carretera. Está oscureciendo y no podrá llegar a tiempo a su cita, pero le da igual, no le importa la cita. No le importa nada.

'There's many things I wish I didn't do...'


II)

Sentado en la barra espera que el camarero le traiga su bebida. Le sobran unos minutos y ha aprovechado para hacer un par de llamadas y beber algo. El agua con gas burbujea en la copa, que mueve en círculos intentando quizá que el hielo enfrie un poco. Le gusta pero sólo si está muy fria. No lo está al menos por ahora así que no bebe y espera. Mira el reloj para ver el tiempo que falta y recuerda cuando lo compró dónde lo compró y sobre todo con quién lo compró. No hace falta recordarlo todo. No hace falta recordarlo todo, pero lo recuerda. No puede evitarlo.

Deja unas monedas en el mostrador, se levanta y se va sin tomarse la bebida. Tiene que cambiar de reloj. Ha decidido cambiar de reloj.


III)

Conversación subida de tono con amigas y amigos, tapas encima de la mesa, cervezas. Una de las chicas confiesa que se ha operado el pecho, vamos, las tetas. Miradas, risas, la pregunta evidente del que se sienta enfrente de él: "¿se pueden tocar?" Más risas.

Se levanta y se va al baño. Se lava la cara con agua fria. Vuelve a la mesa. Espera un rato prudente, se despide, se levanta y se va.

- ¡No te vayas todavía! ¡Acabamos de empezar!
- Estoy cansado, y mañana tengo lío desde temprano.
- Soso.
- Mucho. Besos, abrazos, etcéteras...

Se pone el abrigo y se va. El coche está aparcado a la vuelta de la esquina. Sube y conduce hasta un lugar concreto desde donde se ve el mar. No está a más de diez minutos de la ciudad, de hecho parece mentira que tan cerca de la ciudad pueda haber un sitio tan solitario, tan tranquilo. No tiene sueño. Baja del coche y se pone a pasear. Hay algo más de media luna en el cielo, lo suficiente para andar sin peligro de tropezar, aunque no quiere ir muy lejos. Encuentra una piedra plana, se sienta y recoge las piernas, las abraza y apoya el mentón en las rodillas.

El mar está tranquilo, apenas hace viento. La noche no es muy fria. Está cómodo, y mira el mar. La vista se acostumbra a la media luz y poco a poco va captando detalles: las boyas, una barca, el contorno de un islote cercano, las casetas de pescadores a la izquierda, el espigón. Conoce este sitio como la palma de su mano, ha estado muchas veces aquí. Casi nunca solo, pero hoy sí.

En su cabeza resuenan las risas de hace un rato, de hecho él mismo ha reído. Se ha sorprendido riendo, y eso le hace pensar. Hace pocos días le hubiera parecido imposible volver a reír, pero es evidente que las heridas se están cerrando. El espacio vacío es cada vez más pequeño. "No nacemos para sufrir" recuerda que alguien dijo. No nacemos para sufrir.


IV)

Días que son como los demás pero a la vez son completamente diferentes. Días que no son más que un número más en el calendario, en un mes determinado, pero a la vez son otra cosa distinta. Días asociados a celebraciones absurdas, a tradiciones centenarias o milenarias sustentadas en mitos ancestrales; días tan carentes de sentido como sacrificar una cabra en expiación de los pecados; días que se convierten en una más de las ruedecitas dentadas con las que al aparato global de marketing de consumo intenta extraer el máximo de recursos de los bolsillos de los consumidores para trasladarlos a las cajas de las empresas. Días que su mente racional, completa y absolutamente racional le dice que no significan nada, y sin embargo no dejan de tener algún tipo de sentido. Si no para él, sí para alguien.


V)

Una rosa envuelta en celofán transparente, sin tarjeta, sin mensaje, sin remitente. Esperándole en la mesa de la oficina. Pétalos a medio abrir de un rojo oscuro, profundo, aterciopelado. Un tallo largo y recto, producto de una cuidada selección y crianza. Cuidadosamente elegida para emocionar, para transmitir, para conectar. Un mensaje atextual, pero indiscutible y directo. Él sabía que iba a llegar, sabía que en algún momento del día aparecería esa flor dejada cuidadosamente en su mesa, en el parabrisas de su coche, en el bolsillo de su abrigo colgado, pegada en la puerta de su casa. Esa flor convertida en arma, en cuchillo, en puñal, en proyectil teledirigido hacia su corazón, no por esperado menos doloroso. Una flor perfecta, como ella era perfecta.

Coge la rosa, se la acerca a la nariz y la huele. No huele a rosa, huele a perfume, a un perfume que conoce muy bien, y que ha olido otras veces, muchas, pero no sobre una rosa. El olfato es el sentido con mayor poder evocador, dicen, y los recuerdos danzan alrededor del tallo: las figuras, las formas, los sonidos, las conversaciones, las sensaciones y el dolor acuden al llamado del perfume. La dolorosa catarata de recuerdos le posee por un instante; el arma teledirigida consigue su propósito y le hiere. Se apoya en la mesa con los nudillos de la mano izquierda, mientras con la derecha sostiene la rosa por el tallo. Busca una espina al tacto y se la clava en la piel del dedo índice a través del celofán. El súbito dolor le devuelve a la realidad como pretende. Se forma una gota de sangre en la yema de su dedo. Se lo lleva a la boca y lame la herida con la punta de la lengua. Casi no llega a notar el sabor de la sangre, pero recuerda que alguna vez que ella hizo lo mismo. Durante unos segundos cambia de la ensoñación a la realidad y de vuelta, casi sin saber dónde está. Levanta la vista y mira sin ver las paredes de su despacho. Gira la cabeza y ve a una compañera que le mira a través del cristal que los separa. La reconoce, es decir, al cabo de un segundo se da cuenta de quién es, de que está ahí, de que puede salir a saludarla, a hablar con ella, de que es real. Le da las gracias mentalmente por devolverlo al presente, al día de hoy, al día que toca en el calendario.

Se aparta un poco de la mesa. Deja la rosa encima del teclado y se aparta un poco más. Finalmente toma una decisión. Coge la rosa esta vez con cuidado para no pincharse más y la echa a la papelera, eso sí, sin romperla, sin aplastarla.

Se da cuenta de que la compañera de antes está en el vano de la puerta.

- ¿De ella? - Pregunta.
- De ella - contesta él.

Ambos callan. La compañera le mira con ojos de entender demasiado, de entenderlo todo. Se acerca a la mesa y coge la rosa de la papelera, la perfecta rosa con una espina manchada de sangre, la rosa de terciopelo, la rosa de destrucción masiva. Se da la vuelta y se va. Al salir del despacho se gira un momento y le dice:

- Yo te la guardaré. La sabré guardar bien, donde no te molestará más.

Él la deja hacer. Es compañera pero es más amiga, o dicho de otro modo, es amiga pero también compañera. Sabe, lo sabe todo. Sabe ayudarle y lo hace, y él la deja hacer. La rosa, en su rol de arma definitiva, en su camino de despedida hacia la puerta y la segura destrucción, ha liberado la última munición de su arsenal: en el ambiente queda un ligero aroma a... a ella.


VI)

El teléfono suena, un bip corto, un bip atípico por lo inusual, distinto al sonido de los correos, de la mensajería instantánea. Mira el sms que le ha llegado:

'Feliz san valentin. Un beso'

¿Por qué? se pregunta, ¿para qué? ¿Qué necesidad hay?


VII)

El calendario salta de día, salta de semana, salta de mes, y los mensajes dejan de alterarle. Deja de buscarles sentido, deja de considerarlos más que una anomalía. La carne vuelve a llenar sus manos. La sonrisa a su boca. Todo sigue. Todo sigue.


VIII)

El pétalo de la rosa está ahí. Entre las páginas de un libro. De vez en cuando lo mira, y algunos recuerdos vuelven a su cabeza. Se sigue preguntando ¿Pudo funcionar? ¿Pudo haber una oportunidad real? Cierra el libro sin una respuesta a esa pregunta ni a muchas otras. Pero todo sigue.


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Era, obviamente, un cuento para San Valentín. Era el cuento que estaba pendiente desde el otro día.

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