sábado, 29 de agosto de 2015

Arcadia


Arcadia

El último cristal entero resistió en uno de los ventanales redondos del primer piso. Aguantó granizo, tormentas y vendavales durante bastante tiempo. Una vez roto, nadie supo nunca porqué, el edificio recupera la armonía que una vez tuvo, que antes estaba en el orden y ahora reside en el caos: cristales rotos, jambas y postigos descolgados, desconchones...

El mar, incansable, llena de salitre la terraza, oxida la baranda y decapa la pintura. Los chorros de óxido y verdín tapan los cromados; el blanco de las paredes es ahora gris de cemento y rojo de ladrillo; las tejas bailan y los canalones, despegados de su anclaje en la pared, se abren a los lados en un ángulo agudo, como dedos largos, finos y huesudos que apuntan a las nubes.

En el interior del edificio sólo habitan los fantasmas y las sombras de quienes en otros tiempos bailaron en el salón de la planta baja, de quienes tomaron batidos, helados y ponche en la sala de té, de quienes en mañanas de domingo leían el periódico tomando un café y una tostada ajenos al futuro, ajenos al destino.

Cada vez menos gente se acerca a la playa, tampoco hay motivo. Se pesca más y mejor en otros sitios, y lo que queda de la ciudad es mal terreno para recolectar frutas y bayas. Hay más alimañas que animales, en resumen, el campo alimenta más y mejor que la ruina de la ciudad.

El edificio languidece y decae. Nadie recuerda qué es arte, nadie recuerda que es el café. Peor aún, nadie recuerda lo que quiere decir Arcadia.


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El edificio Arcadia está en una de las playas de Portrush, una pequeña villa costera en el Ulster, muy cerca de la calzada de los gigantes.
Foto Olympus E-PL5, Zuiko 14-42

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