viernes, 11 de septiembre de 2015

Once de septiembre

Hoy mi madre cumple 75 años, y mi hija empieza con (casi) 12 el instituto. El ciclo de la vida en un solo día.

Estaba pensando en esa coincidencia en el avión, y he venido a imaginar las diferencias entre el mundo en el que mi hija está creciendo y el mundo en el que creció mi madre. Me he imaginado un pequeño pueblo de Jaén, Torreperogil, a nueve kilómetros de Úbeda, doce años después de terminar la guerra civil (mi madre nació en 1940). Un pueblo donde el alcalde, el cura y el cabo de la guardia civil eran la autoridad; cuando el nacional catolicismo la doctrina oficial del país; un país que se arrastraba por un callejón sin salida de la historia, apartado de las autopistas del progreso por la autarquía decretada por el generalísimo que, bajo palio, presidía las celebraciones religiosas, y por el resultado de la guerra mundial.

Pensaba en la infancia de una niña en 1951, cuando una moral represora y trasnochada no sólo impedía disfrutar de la vida sino que incluso convertía en pecado soñar con un cambio en el orden de las cosas, donde ese pecado se podía convertir en delito por una mala frase, por una contestación equivocada. Una niña jamás pudo prepararse para otra cosa que para ser 'mujer de su casa', dependiente permanentemente de su marido, y educada para cuidar a ancianos y a niños.

El salto a la infancia de mi hija, esos 63 años de diferencia, son el salto del siglo XIX al siglo XXI, los mismos guarismos pero en distinto orden. Mi hija ha nacido y está creciendo en Ibiza, la isla blanca. No voy a comparar, pero en el mundo de mi hija la moral es diferente; es la sociedad la que dicta las normas morales, y no un libro con más de dos mil años de historia. En el mundo de mi hija no todo el mundo tiene las mismas oportunidades, es absurdo negarlo, pero hay muchísimas más oportunidades para muchísimas más personas. En el mundo de mi hija se puede ser feliz sin avergonzarse por ello, en todos los sentidos, cada cual a su manera, con respeto y siendo respetado. Vivimos en un mundo multicolor, muy lejano del mundo triste y en sombra de la España de los 50.

Mi madre no pudo elegir nada o casi nada de su vida. La moral impuesta, la familia, la escasez de oportunidades y la represión de cualquier opción política hicieron ese trabajo. Mi hija lo va a poder elegir casi todo.

Es absurdo negar la transformación A MEJOR de la sociedad en la que vivimos, aunque algunos la nieguen. Nos queda muchísimo camino por recorrer, pero también hemos avanzado a buen ritmo. Estoy contento, orgulloso de este país, pero no sólo de este país. Mucho de todo esto no se hubiera conseguido sin la comprensión y el apoyo de otros países de nuestro entorno, antaño enemigos, y hoy al menos socios.

Me ha dado por pensar esto y algunas cosas más, y, sabes, he sufrido por mi madre, pero me he alegrado por mi hija.

Soy optimista, y esta reflexión tonta de avión refuerza mi optimismo.

Hoy es once de septiembre, y es un día muy señalado para dos de las personas que más quiero del mundo, y pensar en ellas me ha hecho feliz.



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